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Tertúlia amb Javier Vidal Quadras: de l'enamorament a l'amor - El descubrimiento del amor

2.- El descubrimiento del amor.

En primer lugar, el amor matrimonial ha de ser humano y total. Humano, es decir, poniendo en juego todas las facultades y potencias humanas, de modo que hay que poner el corazón al servicio de la voluntad y saber concitar todas nuestras tendencias, nuestra sensualidad, nuestros afectos y dirigirlos al amor (¡esto es la castidad matrimonial!: no la negación de la sexualidad, sino su aceptación gozosa y su orientación al amor, al amado, evitando que tome otras direcciones). Total, es decir, mediante la supresión de toda reserva: lo amado es la entera persona del otro y cualquier exclusión, cualquier rechazo o reducción constituyen un ataque a la dignidad de la persona humana, que es una e indivisible. Por eso hay quien ha dicho que hay que amar a nuestro cónyuge “con sus defectos”, pues otra cosa es la utopía, no se pueden extirpar los defectos (ojo, es distinto amar con sus defectos que amar sus defectos).

Sentadas estas premisas, el amor matrimonial es:

Tertulia Javier Vidal-QuadrasAmor fiel (Unidad). Lo constitutivo del amor es la entrega, la entrega cabal de la persona. Ahora bien, esa entrega se realiza en distintos grados. Es cierto que debemos amar a todo el mundo. Y podemos hacerlo, porque el amor como valor espiritual no desmerece ni disminuye, al contrario, se intensifica cuanta más gente participa de él. Esto sucede con todos los bienes o realidades espirituales (alegría, emoción, tristeza…, cuanta más gente participa de ellos, más intensos son). Sin embargo, los bienes materiales sí desmerecen y disminuyen cuanta más gente los posee (tocan a menos: cantidad: un pastel, o tiempo: un coche de alquiler). El hombre no es puro espíritu, sino cuerpo y alma y expresa su amor a través del cuerpo, y en distintos grados (no es lo mismo amar a un cliente que a un marido: al primero se le da la mano, al segundo la intimidad corporal; el amor al primero exige sólo tratarle como persona y con justicia, el amor al segundo exige la entrega plena). El cuerpo expresa el grado de amor: un apretón de manos, un guiño, una caricia, un beso, una relación sexual plena: ésta última es el corolario de un amor total. Por lo tanto, el amor corporal va disminuyendo su ámbito de expansión a medida que la entrega crece en intensidad. Cuando la entrega es total, cuando incluye la intimidad corporal, “la capacidad procreadora con todas las dimensiones que la enriquecen” (es decir, afectos, confidencias, caricias, atenciones…), ha de ser única y exclusiva, a una sola persona; si no, no es completa, pues lo determinado por la materia sólo puede ser poseído plena y absolutamente por uno solo. La donación parcial (reservándose el derecho de donar el cuerpo a otros, por ejemplo) es incompatible con la dignidad de la persona humana y su carácter pleno e indivisible. La entrega implica dar la posesión de nuestro cuerpo a nuestro cónyuge para que lo posea no al modo en que las cosas se poseen, sino al modo en que posee su propio cuerpo.

Amor para siempre (Indisolubilidad). Irrevocabilidad del amor (de todo amor: paterno-filial, de amistad..., aunque nos traicionen: ¡entonces es cuando más necesitan nuestro amor! y demostramos amarles por ser ellos y no por el placer, satisfacción, compañía, bienestar… que nos proporcionan); lo requiere la dignidad de la persona: ¡ella es para siempre!... y hay que amarla entera; si no, la cosifico, la hago objeto; me amo a mí mismo; JP II: “El que no se determina a amar para siempre, es imposible que ame tan sólo un día”. No puedo decir: te amaré hasta que tengas setenta años, o hasta que caigas en una depresión, o hasta que te portes como un gusano, porque entonces no la amo a ella, sino que amo en ella lo que me complace, o sea, me amo a mí, mi propio bienestar. ¡Si hasta con un perro adquirimos un compromiso de no abandonarle! El problema del amor no comprometido es que sitúa el centro de gravedad en mí mismo y no en la persona amada. Yo me convierto en el criterio de valoración del otro: él o ella valen solo en la medida en que colman mis expectativas, en que satisfacen mi interés, por elevado que este sea. El amor auténtico y pleno ama al otro por lo que él es uy no por lo que me aporta a mí. Entonces sí, el amor se convierte en don, en entrega y se hace cabal. Esta es la lógica del amor, una lógica del todo o nada: o me entrego o le uso. Es cierto que los dos que se aman pueden estar de acuerdo en no comprometerse, pero esto no soluciona el problema, más bien lo agrava porque significa que los dos están de acuerdo no en amarse, sino en utilizarse mutuamente, en ser uno y otro (al menos en parte) instrumentos, lo que dañaría igualmente a su dignidad de persona. Esa dignidad de la persona es también la que impide la posibilidad de una prueba: “La idea de una prueba ni siquiera se nos ocurría, es más, era contraria a aquella idea de desafío, del todo por el todo, que se adaptaba al amor como un guante. El amor verdadero era otra cosa, era aquello que se ofrecía a la forja del tiempo, de todo el tiempo de una vida, en el momento de la decisión definitiva, el del matrimonio.” (Marta Brancatisano, La Gran Aventura, 48); “Es una metodología que exige el ‘para siempre’, o de lo contrario no funciona. Entre los que consideran que el ‘para siempre’ es imposible y sobrehumano se encuentran los escépticos. Olvidan que han vivido y deseado un amor que desde el principio y por definición era sobrehumano.” (Marta Brancatisano, La Gran Aventura, 110): ¡para siempre! Las personas no se prueban. ¿Cuándo acaba la prueba?: no es lo mismo sin hijos que con hijos, con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo..., ¡tendríamos que estar toda la vida probando!, porque la persona es dinámica y se va haciendo con el tiempo: no acaba nunca. No, las personas no se prueban: se aceptan tal como son y como serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amado como amado, como cónyuge), y punto. “Amar significa ver a la persona amada tal como Dios la ha pensado” (Dostoyevsky). Y Dios la ha pensado bellísima, pero sólo alcanzará ese grado de perfección “originario” si recibe nuestro amor en grado suficiente para moverle hacia esa meta: ¡te amo para que seas lo que estás llamado a ser!, ¡mi amor te impulsará a las altas cotas que Dios tiene reservadas para ti!).

Amor fecundo: (abierto a la vida) todo amor es fecundo: espiritual y materialmente fecundo. La esterilidad nunca ha sido atributo del amor. No es cicatero ni mezquino: la medida del amor es amar sin medida, decía San Agustín. Se desborda más allá, invita a salir de uno mismo, es rico en detalles, en atenciones, en tiempo, en dedicación…, y también en hijos. Es más, el cauce natural, específico, el más propio, el que distingue al matrimonio de los demás amores humanos es, precisamente, esta posibilidad de transmitir la vida: los hijos. En este terreno, por lo tanto, lo propio del amor es la fecundidad espiritual (la material, también, pero no siempre depende de nosotros). Todo dice fecundidad en la relación sexual. Cuestión distinta es el número: ¿quién puede poner número al amor?…, más aún, ¿quién puede juzgar y cifrar el amor de otros? Hay que ser muy cauto y no juzgar nunca, pero el principio ha de quedar claro: lo propio del amor es la fecundidad, no la esterilidad.

 

Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí es muy bonito…, y uno puede fácilmente estar de acuerdo: pero el gran reto es su realización, hacerlo vida y experiencia personal. Y para ello no bastan los conceptos: la teoría se ha de hacer vida, lo que requiere ATREVIMIENTO. “La mayoría de personas no se atreven a conseguir lo que esperan, lo que desean, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es ‘lo que se desea’” (Julián Marías). Y es cierto, o ponemos los medios o toda esta bella teoría quedará en letra de manual. Hay que atreverse a ser feliz en el matrimonio. ¿Cómo?